

Reporte especial sobre caminos dañados, adultos mayores con fecha de caducidad administrativa y una Presidencia Municipal que confundió el servicio público con la ventanilla celestial de bajas definitivas.
Durante una reunión pública en Huimanguillo, Tabasco, un adulto mayor presentó una queja sobre las afectaciones en los caminos de su comunidad. No llegó a solicitar una pirámide climatizada, una glorieta con su cara ni un tren privado que lo recogiera afuera de su casa con música de banda. Habló de caminos: caminos públicos, caminos dañados, caminos de esos que pertenecen a todos hasta que llega la hora de repararlos y entonces pertenecen a una carpeta beige que nadie encuentra porque la tiene el ingeniero, pero el ingeniero salió, aunque dejó dicho que sí vino.
La autoridad municipal había acudido precisamente para hablar del asunto. Había ciudadanos, funcionarios, sillas, micrófono y toda la utilería reglamentaria con la que el gobierno demuestra que está escuchando mientras espera que la ciudadanía termine de hacer ruido. El hombre tomó la palabra.
La alcaldesa de Huimanguillo, Mari Luz Velázquez Jiménez, le respondió:
“Sí, señor, pero usted ya va de salida. Hay que cuidar a los jóvenes”.
El intercambio ocurrió el 24 de julio, durante una asamblea relacionada con la construcción de un tramo carretero y con los daños causados por maquinaria vinculada a las obras del Tren Interoceánico. La frase provocó reclamos inmediatos entre los asistentes. Una persona preguntó cómo sabía la alcaldesa que el señor ya iba de salida. Otra le exigió que no lo ofendiera. Alguien más recordó que todos tenían valor, chicos y grandes.
No hubo necesidad de convocar a un comité semántico ni de mandar la frase a Villahermosa para que la revisara el Departamento Estatal de Palabras que Salieron Solas. Todos entendieron.
“Usted ya va de salida” quiso decir exactamente lo que sonó: usted está viejo, le queda menos tiempo y, por lo tanto, su necesidad puede formarse atrás de la necesidad de quienes todavía tienen más años disponibles para disfrutar una carretera que tampoco sabemos cuándo va a quedar.
El ciudadano presentó una queja sobre infraestructura; la Presidencia Municipal le contestó con un cálculo de vida útil.
Todos cuentan mientras todavía están contando los votos
Cuando los candidatos buscan votos, nadie va de salida.
En campaña, el adulto mayor es la raíz del pueblo, la memoria de la tierra, el roble de la comunidad y el guardián de unas tradiciones que el candidato acaba de conocer porque se las resumieron en la camioneta antes de bajar. La señora de la colonia es el corazón de México. El campesino es la dignidad nacional. Los jóvenes son el futuro. Los niños son la esperanza. El señor que lleva cuarenta minutos quejándose junto a un costal de cemento es “una voz que merece ser escuchada”.
Todos merecen una fotografía. El candidato se inclina hacia ellos con cara de que está recibiendo directamente la Constitución por transmisión oral. Asiente. Aprieta la mandíbula. Mira al horizonte. Coloca una mano sobre el hombro del ciudadano como si en ese momento los dos estuvieran fundando nuevamente la República, pero ahora con playera bordada, cachucha del partido y una lona amarrada con mecate a dos postes de la luz.
Durante la campaña, nadie le pregunta al adulto mayor cuánto tiempo piensa seguir utilizando la carretera. Nadie le solicita certificado de supervivencia proyectada. Nadie le informa que el programa de obra pública requiere una expectativa mínima de quince años para justificar el bacheo.
El voto de un hombre de noventa años vale exactamente lo mismo que el de uno de dieciocho. No viene perforado. No dice “próximo a vencer”. No pierde fuerza al entrar en la urna. El Instituto Electoral no lo recibe con pinzas ni lo coloca en una caja aparte marcada como SUFRAGIO DE SALIDA, MANEJAR CON CUIDADO.
En campaña, el ciudadano está completamente vigente. Luego gana el candidato.
Se recogen las sillas. Se guarda la lona. La bocina deja de chillar. El fotógrafo se va con la memoria llena de pueblo. Y dentro del edificio municipal comienza la actualización automática del sistema.
El ciudadano, que hasta ayer era “el centro de nuestro proyecto”, se convierte en una persona que llegó sin cita a interrumpir una junta donde estaban decidiendo cómo atender a la ciudadanía.
No es que deje de importar. Importar, importa. Lo que pasa es que ahora importa mediante trámite, y el trámite sí existe, pero la parte donde el trámite produce algo fue enviada a otra dependencia porque esta dependencia solamente recibe el trámite que demuestra que el trámite fue recibido por una dependencia anterior que ya no se llama así.
El pueblo sigue siendo primero. Nada más que el funcionario quedó antes. Y cuando el ciudadano insiste, ahí empieza a salir la opinión verdadera, como humedad detrás de una placa conmemorativa.
Dictamen provisional de prepotencia con micrófono
En inglés podría llamarse arrogance. En español también tenemos arrogancia, pero la palabra llega peinada, trae saco y todavía pretende que todo fue un malentendido entre personas razonables.
Aquí la palabra correcta es prepotencia.
La prepotencia no consiste solamente en creerse superior. Para eso basta un espejo, una oficina y una fotografía oficial ligeramente más grande de lo necesario. La prepotencia consiste en usar el poder para que el otro sienta el desnivel.
No basta con ocupar el cargo; hay que recargarse sobre él. Hay que hacerle saber al ciudadano que la silla tiene respaldo y la suya es de plástico. Que uno trae micrófono y el otro garganta. Que uno tiene nombre completo en la lona y el otro aparece en el acta como “masculino adulto mayor que manifestó inconformidad”.
La prepotencia tiene una coreografía reconocible: el ciudadano habla, el funcionario suspira; el ciudadano explica, el funcionario sonríe de lado; el ciudadano insiste, el funcionario pone cara de que la realidad está siendo grosera con su agenda.
Eso fue lo que quedó grabado.
El adulto mayor no fue tratado como un ciudadano que estaba presentando una reclamación legítima sobre los caminos de su comunidad. Fue tratado como un usuario que ya había consumido demasiados años de municipio y pretendía seguir solicitando servicio después de la fecha recomendada.
La alcaldesa pudo explicar por qué determinada obra beneficiaría a los jóvenes. Pudo hablar de prioridades, tiempos, presupuesto, maquinaria, rutas o cualquier otra cosa relacionada con el tema que se estaba discutiendo. Pero no respondió al camino. Respondió a la edad.
No discutió el reclamo. Le puso fecha de caducidad al reclamante. Y así, mediante una operación administrativa que no aparece en ningún reglamento pero que se ejecutó con gran seguridad, el deterioro de la carretera dejó de ser problema de infraestructura y pasó a ser problema de que el ciudadano todavía no se moría a tiempo.
Aviso de utilidad pública: el respeto fue solicitado después de ser retirado
Cuando los asistentes reclamaron por la frase, la alcaldesa pidió respeto. Ahí quedó completo el mecanismo, con sello, firma, copia amarilla y una grapa torcida en la esquina.
Primero, la autoridad le dice a un adulto mayor que “ya va de salida”. Después, cuando el pueblo responde, la autoridad descubre el respeto. No antes. Después.
El respeto municipal funciona en una sola dirección. Baja del estrado hacia la ciudadanía cuando hay ceremonia, desfile o entrega de apoyos. Pero cuando la ciudadanía intenta devolverlo hacia arriba en forma de reclamo, el sistema lo identifica como material no autorizado.
El funcionario puede hablar desde el cargo. El ciudadano debe contestar desde la educación. El funcionario puede minimizar. El ciudadano no debe alterar el orden. El funcionario puede decirle a una persona que su vida ya va terminando. Pero la persona debe recibir la noticia con dignidad, esperar su turno y, de ser posible, agradecer que se le haya comunicado directamente y no por medio del portal que existe pero no informa.
Una vecina respondió que ella también iba de salida. La alcaldesa contestó que todos vamos de salida y que la vida no la tenemos comprada, pero insistió en que había que ser respetuosos.
Claro que todos vamos de salida. Esa parte es cierta, profunda y hasta podría imprimirse sobre una taza con un atardecer. Todos vamos de salida, pero solamente una de las personas presentes estaba ejerciendo autoridad pública, hablando desde el cargo y respondiendo a una queja sobre caminos.
El ciudadano no llegó a calcular la esperanza de vida de la alcaldesa. No le preguntó cuánto le quedaba en la Presidencia, en la política ni en la paciencia pública. No llevó una cinta métrica para medirle el futuro. Llegó a hablar de la carretera.
Fue ella quien abrió la Ventanilla Municipal de Defunciones Anticipadas y convirtió una discusión de infraestructura en un trámite filosófico sobre quién merece pavimento antes de presentarse ante San Pedro con las llantas todavía llenas de tierra.
El nombre sí pertenece al expediente
La funcionaria es Mari Luz Velázquez Jiménez, alcaldesa de Huimanguillo, Tabasco.
Su nombre pertenece al expediente porque esto no ocurrió en una conversación privada, en la cocina de una tía, en un audio robado de sobremesa ni en una discusión entre vecinos afuera de una tienda. Ocurrió durante un acto público. Mientras ejercía un cargo público. Respondiendo a un ciudadano sobre un asunto público.
Nombrarla no es hostigamiento. Es identificación administrativa elemental. Es ponerle nombre a la persona que estaba hablando desde el puesto que también tiene nombre, presupuesto, edificio, sello, vehículo oficial, fotografía institucional y página de Facebook donde cada entrega de cubetas viene narrada como si acabaran de reconstruir Tenochtitlán.
Cuando una alcaldesa inaugura una obra, su nombre aparece completo. Aparece en la nota. Aparece en la lona. Aparece en el boletín. Aparece en la publicación con seis fotografías tomadas desde ángulos distintos para demostrar que la misma banqueta fue recorrida varias veces. Aparece en una placa de metal colocada con suficiente firmeza para sobrevivir más años que la obra.
Entonces el nombre también debe aparecer cuando la funcionaria utiliza el cargo para decirle a un ciudadano que sus necesidades importan menos porque está viejo.
No puede existir un reglamento invisible según el cual el nombre de la autoridad es patrimonio público cuando corta el listón, pero se vuelve dato delicado cuando corta la dignidad.
La fotografía oficial y la responsabilidad oficial vienen en el mismo paquete. No se venden por separado.
No fue un error de comunicación porque la comunicación sí llegó
Llamarlo “error de comunicación” sería ponerle una servilleta bordada al hecho para que no se vea tan feo en la mesa.
Un error de comunicación ocurre cuando alguien quiere decir una cosa y termina diciendo otra. Por ejemplo, cuando el funcionario pretende informar que la obra comenzará en agosto y accidentalmente comunica que comenzará “en cuanto lleguen los recursos”, expresión que en calendario municipal puede significar agosto, diciembre o la próxima civilización.
Aquí no ocurrió eso. La frase fue clara. La comparación fue clara. La disminución del ciudadano fue clara.
La alcaldesa quería defender la prioridad de los jóvenes y decidió hacerlo presentando al adulto mayor como alguien cuyo turno en el mundo estaba terminando. No tropezó con la idea. No se le cayó por accidente del portafolio. La utilizó como argumento.
Eso es lo grave.
El problema no es que haya pronunciado una combinación políticamente inconveniente de palabras. El problema es que esas palabras revelaron una clasificación que normalmente permanece guardada atrás del mostrador, debajo del directorio telefónico, junto al sello que dice NO PROCEDE.
La clasificación es sencilla: Ciudadanos con futuro suficiente para justificar atención. Y: Ciudadanos que ya pueden ser administrativamente ignorados porque, según cálculo visual del funcionario, no alcanzarán a disfrutar la obra completa.
Esa clasificación no aparece en la Constitución, en el reglamento municipal ni en los discursos de campaña. No se imprime porque se vería mal junto al escudo. Aparece cuando la autoridad se desespera, se le afloja el guion y la opinión verdadera sale por el micrófono con huaraches de plástico y credencial colgada al cuello.
Reporte especial sobre el verdadero rostro del servicio público
La escena resulta reconocible en México porque muchos ciudadanos ya han visto alguna versión de la misma maquinaria.
Durante la campaña, la autoridad visita casas, escucha problemas, toma café, come lo que le ofrezcan, abraza señoras, carga niños y promete gobernar para todos. Una vez instalada, comienza a comportarse como si el cargo fuera un terreno heredado por el abuelo y la ciudadanía estuviera entrando sin permiso.
El ciudadano deja de ser la razón del puesto. Se convierte en la interrupción del puesto. El servidor público deja de servir y comienza a ser servido, aunque conserva el nombre de servidor para que no se pierda la tradición ornamental.
La oficina, la camioneta, el asistente, el micrófono, la agenda, la puerta, la fila y el aire acondicionado producen una atmósfera especial. Es una modernidad con huaraches de plástico: hay computadora, pero no sistema; hay sistema, pero no funciona; funciona, pero no para eso; sirve, pero el encargado no vino; vino, pero ya salió; salió a ver por qué no funciona el sistema que sí funciona.
Dentro de esa atmósfera, el funcionario comienza a creer que la gente comparece ante él por privilegio. No porque el salario, el edificio y la autoridad existan precisamente para atender asuntos públicos.
Entonces aparece la burla. A veces es una sonrisa chiquita. A veces una ceja levantada con dictamen incorporado. A veces una mirada entre funcionarios, como diciendo: “Mira nada más lo que vino a pedir este señor, una carretera transitable, como si esto fuera gobierno”. A veces es una respuesta condescendiente, pronunciada con esa voz que ya trae el expediente cerrado aunque la persona apenas esté hablando.
Y a veces todo el sistema queda resumido en siete palabras:
“Usted ya va de salida. Hay que cuidar a los jóvenes”.
No fue necesario inventar la sátira. La Presidencia la produjo en vivo. Zacoalconet solamente vino a levantar el acta porque alguien tenía que recoger los restos de dignidad que quedaron regados junto al micrófono.
Acta moral para determinar quién estaba realmente de salida
El adulto mayor no tenía que demostrar cuántos años le quedaban para tener derecho a caminos en condiciones dignas.
No tenía que presentar certificado médico. No tenía que anexar pronóstico de longevidad. No tenía que comprometerse por escrito a seguir vivo hasta la inauguración. No tenía que entregar dos copias de su esperanza de vida, comprobante de domicilio y una fotografía tamaño infantil donde apareciera mirando hacia el futuro.
Era ciudadano. Con eso bastaba.
Mari Luz Velázquez Jiménez también va de salida, pero no por su edad. Va de salida porque todos los cargos públicos terminan. Hasta los que traen lona, camioneta, escolta de asistentes y una fotografía oficial donde la persona mira hacia un punto lejano como si acabara de descubrir el porvenir nacional detrás de una maceta.
El ciudadano seguirá siendo ciudadano cuando ella deje de ser alcaldesa. El pueblo seguirá ahí. La carretera seguirá ahí. El reclamo seguirá ahí. Y el video también.
Dictamen provisional de Zacoalconet: el que “ya iba de salida” no era el ciudadano. Era el servicio público, que salió de la reunión por la puerta de atrás, cargando el respeto en una bolsa negra y dejando a la Presidencia Municipal explicando que sí había atendido al pueblo porque el pueblo estaba presente cuando lo atendieron de esa manera.

